Mostrando entradas con la etiqueta Confesiones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Confesiones. Mostrar todas las entradas

viernes, 3 de mayo de 2013

Querido psiquiatra

Hoy me ha dejado sin aliento. Hemos trabajado largas y arduas drogas, digo horas, en repetidas sesiones y aún así me siento más perdido que encontrado. No entiendo muy bien esto del niño con miedo y encerrado ¿es que acaso no hay salida? ¿estaré volviendo al A-B-C? ¿a ahogarme en una pileta?

El psicoanálisis me ha perforado el pecho y ahora me siento, por primera vez de verdad, huérfano. ¿Qué medicación me recomendaría usted, honorable doctor y médico, graduado y posgraduado, para el niño con miedo? ¿Existe una poción mágica para los desamparados como nosotros? Gracias a las pastillas que usted me dio, que me costaron la mitad de mi sueldo, pude dormir 6 horas en vez de 3. Sísí, eso es muy bueno doctor... aunque durante el día camino sobre nubes de helio y me laten algunas venas en la pantorrilla de manera inusual. Tampoco siento los dedos de los pies y el antidepresivo me ha quitado el apetito, me sube el corazón a la glotis cada vez que me levanto y últimamente solo puedo pensar en el nervio perineo que me molesta constantemente. En casa he intentado estimular el abdomen para recuperar el espíritu que hace tanto no come ni respira. Eso lo aprendí de Platón.

Querido doctor, día y noche paso caminando del sillón a la cama y de la cama al inodoro. Mi único rumbo fijo es usted. Es mi único contacto vivo en el mundo. Querido doctor, por favor, no me abandone.


miércoles, 10 de abril de 2013

Ya no te escondas Fermín...

Fermín…Ya sal de ahí… Te dije que no te escondieras detrás de la heladera… Si te has confundido con dulce de uvas ya sabes, no es mi culpa, ahora eres miel y quiero verte los ojos. Vamos Fermín... me prometiste que cantaríamos una canción ridícula, que escribirías una obra de teatro para mis muñecas, ¿dónde ha quedado todo aquello? Es que las mentiras ensucian tu boca y la vuelven filosa Fermín. ¿Sabés qué? Mejor te dibujo en la vajilla para escupirte en los ojos y dejarte sin luz. Oh no, no, perdón, quiero decir… mejor es besarte por la mañana en secreto y que tus labios mojen mi mejilla. Es que Fermín… deseo tus montañas… dámelas por favor. Pero de nuevo te escondes en ellas y desde una galaxia monstruosa me derrites la punta de los dedos. Ahora por tu culpa ya no podré acariciarte en la noche… mejor dicho, en mis sueños. Aunque puedes arrepentirte y regalarme un frambuesa bañada en oro o en tu sangre. Eso me haría feliz Fermín, me haría despertar… ¿No te gustaría? Bueno, veo que no. Y ya no te hagas el vikingo valiente que puedo ver tus piecillos muertos de vergüenza asomarse por el furgón de alimentos. Otra vez lo repites como todas las noches. ¿Cuándo voy a probar tus caricias? Estoy por ahogar tus flores en el silencio de mi mesa de luz, con gasas y velos transparentes que destiñan sus colores.
Pero no puedo dormir…
Ven por favor Fermín…
Te lo suplico.

viernes, 9 de noviembre de 2012

El mal tiempo prolongado

Yo me fui a dormir una noche, como todas las noches, creyendo que en ese instante, como todos los instantes, caería habitualmente y sin culpas, quiero decir las que son involuntarias, en la rutinaria cuenta regresiva de mi vida. Nunca jamás pensé, en este caso me refiero al pensamiento inductivo, el valor que tendría mi libertad, la de origen social, en la totalidad del ser humana; que si algún día quisieran, quiero decir un sujeto malvado, secuestrarla a cambio de colibríes, los que cotizan más alto, sería una gran estrategia de la cual no sabría cómo escapar. Pero la pregunta es ¿quién?, es decir, ¿quién querría quitarme la libertad? Yo, que yo sepa en mi corta vida, que ahora que la miro, para nada fue vida sino, como le dice don Julio, ladrillo de cristal, no le hice ningún mal a nadie. Bueno… errores claro que uno comete, de los que no son intencionales, pero ¿venganza inducida? no.... y pienso en las películas cuando empiezan a volverse espejismos, es decir, que uno se empieza a identificar con la sensación de ficción, y la potencialidad de esas lejanas realidades que se vuelven cercanas. Es en ese momento en el cual tu colibrí ya está corriendo riesgo porque vino alguien, no uno cualquiera sino, “alguien” que mientras mirabas una película, de esas que son drama y suspenso, se encargó de negociar tu libertad. Entonces la película, no tan en el sentido de obra de arte sino de ficción, no solo no termina sino que empezás a ser vos. Por lo tanto, fue esa noche, de la que vengo hablando incesablemente, esa que parecía ser tan peligrosamente cotidiana, porque soy de esas personas que creen las cosas que me estaban por venir ya estaban escritas, en la que se rompió el ladrillo de cristal; y recordé súbitamente, quiero decir en consecuencia del quiebre, los tsunamis recurrentes de mis sueños, esos que desde chica me venían a buscar al inconsciente, que evidentemente, porque era clarísimo, se estaban manifestando. Entonces, ahora que soy nube y oscura, puedo recordar con claridad lo que era claro, como el agua cuando no está en movimiento. Yo en ese momento veía el agua desde mi nube, lo lejos que estaba de ella y me daba nostalgia (de las que te agarran cuando escuchas un tango del Polaco), y pensaba que sólo ese “alguien”, el que no tiene forma ni sexo, podría exorcizarme de esa nube. Qué triste la vida de una nube; no triste de aburrida, como sería la de un cactus, sino triste de lejana (o por lo menos yo la sentía así en ese entonces porque me tocó ser una negra y fría, de esas que las otras nubes se alejan porque tienen miedo de contagiarse). Sin embargo creí en ese momento que si me tocaba ser nube, negra blanca o gris, tenía que llevarla con orgullo y hacerla brillar, desde ese lugarcito, pequeñísimo lugar que el mundo me daba, como lo hace un pasto siendo pasto, tan solo, repetido y pisoteado, pero presente en cada estación.

miércoles, 6 de abril de 2011

Cáncer de Ideas

Es el momento de confesarles, mis queridos oyentes, que en mi cabeza prospera un tumor altamente maligno que se expande a lo largo de toda mi corteza cerebral. Ha invadido el continente más concurrido por mis neuronas hijas de La Corte del Paraíso que ahora se apagan y ensordecen con el canto de las rocas. Recuerdo el día que se instaló en mi jardín de epitálamos. Yo era pequeña, tenía una colección de cisnes y un lago de cuentos. También tenía una amiga, Felipa, a quien nunca conocí pero siempre me habló desde el edén a través de mis ojos. Nos divertíamos buscando el lunar más grande en las paredes de mármol de mi baño. Siempre me aconsejaba en la plaza con qué niños jugar y jamás se equivocaba.
Un día cayó un pedrusco con forma de arroz, no muy grande y allí se quedó en silencio. Con el paso de los días lo vi que empezaba a alimentarse de mis cisnes y de mis cuentos. No hacía otra cosa que engordar y perforar mis lóbulos temporales. Obviamente, Felipa murió aplastada y entonces yo sentí un gran vacío. Sin Felipa todo me generaba desconfianza.
Un día la piedra me empezó a hablar, a dar órdenes. Sembró miedos en todas las flores de mi jardín por lo que obedecí hasta quedar presa de sus mandatos. Así viví 10 años de mi vida, esclava de este cáncer y ausente en mis ilusiones. Mi mente ahora atrofiada corre un grave peligro provocado por la extinción de ideas en uno de mis hemisferios. El médico me dijo que escribiera cuentos para que volvieran los cisnes a mis lagos y así poder combatirlo. Por eso escribo.
Si dicho está este monólogo, entonces pueden ahora preguntarse mis queridos oyentes, si sus ideas no correrán el mismo peligro de ser víctimas reprimidas y ofuscadas de esta enfermedad que aniquila el inconsciente del ser humano echándolo a las irrevocables tierras de la mediocridad.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Tomen aire, es tiempo de algas

 Es tiempo de algas. Aquí mismo. En mi cabeza. Se enredan, engordan, dibujan. Flotan verdes, azules y pardas. Puertas. Algo. Un quiebre. Me visten, explotan, vida. Aquí mismo. En mi cabeza. Crecen, se multiplican en largos océanos. No muestran piernas ni brazos ni sexo. Solo ellas, me hunden. Secan la luz de mis intestinos y penetran. De distintas formas, con dulces aromas. Profundísimo. Penetran, perforan mi cortex motor. Descansan en la oscuridad, la privación. Dibujan cuadros, mujeres barrocas con pieles amarillas, gastadas. Hermosas. Tiñen la viscosidad de mi cerebro en diversas formas que a su vez cloroformizan esas formas reformadas en una sola forma que se diluye con la luz y finalmente forman un espejo de espesas aguas. ¡Oh grandioso mundo de pigmentos! Sobre rocas desnudas ahora cantan sus vellos grises. Puertas. Un quiebre. Aquí mismo. En mi cabeza. Es tiempo de algas. Se envuelven. Sus miembros se mezclan en mis raíces, se mezclan y me entuban. Me dan a probar su aire líquido de perlas. Fucus Jubatus. Aquí mismo. En mi cabeza. ¿Dirección? No existe.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Manifiesto

De alguna manera, tu forma de ser no me perdona. Discrepancia, incompatibilidad, y sobre todo el desorden, son las enfermedades que no nos dejaron opción. No significa que no hayamos pasado por varios intentos fallidos de remediar la situación y de montar la ficción más grande, que sin duda fue, esto. NOSOTROS, sostenidos por, ideas, bañados en, chocolate. Es más, quizás el miedo a derretirnos fue lo que nos hizo volvernos tan glotones y olorosos.
¿Auténtico? no por favor…todo menos eso. No encuentro la talla indicada para intimidar tu racionalismo constante, ese que me fastidió durante numerosas y extensas madrugadas, hasta hacerme estallar las neuronas en mis pulmones. 
No me entra el aire, no puedo respirar. 
Ahora se fue… sí, mucho mejor.