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sábado, 1 de junio de 2013

El día que volví al campo

El día que volví al campo el eucalipto estaba negro. Un rayo lo había hechizado para siempre. Olía a tizón de poleo disecado. La inquisición de los cedros medievales había comenzado, perseguidos por el otoño romano. Entre los arbustos llovían luciérnagas con alas verdes. Me pregunté si el tiempo había pasado para ellos como para mí. Si me habrían extrañado. Reconocí dos nidos de hornero ocultos detrás de las columnas de hormigón gris. Me pregunté si seguirían cocinando aquella fina sopa de legumbres que había probado hace siglos, acompañada por la comunidad de calabazas exóticas que crecía en los lugares más remotos del jardín con sombreros de pino en sus cabezas. Por la noche, el perro y la luna tuvieron un romance frugal. Yo pinté un caballo en la galaxia que por cierto, me recordó al día en que nací.

sábado, 25 de febrero de 2012

Sombra de Dragón

Cuenta el silencio la historia de un niño, que entre otros, quiso cantar para ser una supernova en el universo. Pero en el camino, algo hubo que lo dejó ciego, sin rostro y sin pellejo. No hay rastros del suceso, solo un perro blanco que se hace llamar Sabueso y cuenta lo visto desde un espejo:
Al principio era de cuentos, no había humo ni trabas de hierro. Solo manchas en el suelo marcando un camino de hielo, que con el cantar de los niños dibujaban un paseo, dejándolos dormir sobre nubes de caramelo.
Con el pasar de los niños, los días se volvieron traviesos y las nubes espinas de color negro. Uno de ellos observó de noche, que si no cantaban, las manchas crecerían en exceso, pero ninguno de los otros se creyó tal cuento. El niño fue entendiendo que las manchas en progreso eran sombra para el hielo que lo protegía del calor de los magnesios. Las mareas le advirtieron que no hiciera más esfuerzos por saber aquel secreto que para él ya era concreto. Cada noche en el silencio, se formaba una silueta de algo espeso que crecía y que crecía con el tiempo. Sin descanso el pobre incierto, observaba los sucesos y cantando en las mañanas, se dormía sobre el hielo. Al pasar dos largos meses, ya era inmenso su desvelo y una noche, entre otras noches, iluminado por un cerro, vio la sombra de un dragón que escupía fuego negro. Advirtió a sus compañeros, que un dragón acabaría sus deseos y sus sueños incendiando aquel camino y derritiendo todo el hielo. Nuevamente estos pupitres, sus palabras no creyeron. 
Finalmente fue este niño quien peleó con el engendro y muriendo en el intento lo dejó sin puro aliento y destinado a ser sombra hasta el fin de los espejos.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Fiebre de cólera

Ya comenzó a temblar tu cosecha. Mis brújulas manos marcan el fin de lo previsible. Tu ruleta demencia rompe el aurea de los pájaros. Una lluvia de alfileres sobre mi cabeza corta la electricidad. Espacio de tinieblas. Un rescate a cargo del segundero policía, por cierto rengo. Un cometa que me regala un sobre. Sobre de soledad. Lágrimas doradas. Las carrozas de viento, que escriben la historia, capturadas por una tormenta. La historia y la carroza confundidas. Felicidad forzada. Un árbol que me quiere adornar la cara. Tu semblante en forma de cajón. Cajón que se vuelve pesadilla. La caída libre. Cerezas aplastadas y suelos de arena, arena que te absorbe. Aire de plomo y para terminar... El silencio.

martes, 7 de junio de 2011

Transición

Las hojas callan, no temen
Lucen sus trajes de hilo castaño
Sus brazos carmesí,
Sus vértices filosos,
Sus alas rigurosas

Planean una fuga,
Un salto colosal
Un leve ardor entre sus tallos
Las inquieta al despertar

¡Ay, pobres las hojas!
Que al caer perderán sus sombras
Pero podrán ver por primera vez en perspectiva
A quien fue su amante toda la vida
Y enamorarse más en lejanía 
Como se enamoran las personas de los Dioses
Al no depender de ninguna anatomía 

Ya vienen las nueces y el almíbar
A extraer de sus tallos el color
Y en el éter golondrinas
Las elevan hasta el sol

jueves, 21 de abril de 2011

Monólogo pretéritamente imperfecto

Quisiera que algún día se casara el café con las tostadas. El diario con el jugo de naranja. Que el sueño no me penetrara cuando estoy pensante por la noche o suspendida en la mañana.

Quisiera que los días tuvieran pausas en las que la gente pudiera verse desnuda. Que no exista la ropa interior. Quisiera entender el color de la lluvia, el del horizonte que se vuelve espuma, experimentar el sabor de una esponja en la ducha.

Quisiera que las nubes fueran cremosas, los árboles dulces. Quisiera salir a la calle y no temerle a las baldosas ni a su complejo sistema de lunares que se reproducen. Quisiera que el conocimiento fuera intercambiable y también el sexo por un día y entonces al fin sentirme un ser humano conciliable.

A veces quisiera no tener elección sobre qué querer sino una simple y concreta opción para escoger. Que un cumpleaños te sorprenda en cualquier fecha y no contar las horas entre estación y estación sino dar vueltas. Y vueltas. Y vueltas hasta que por fin un instante el inconsciente caminara de día como de noche de la mano de mi vientre que tanto se desconocen.
Quisiera que esta letra grande no me llamase más la atención que las anteriores y por eso hacerlas sentir inferiores.

Quisiera no querer el querer ser querida por aquellos que quisieran quererme más lejos de lo que yo quisiese que me quisieran querer y nunca más poder elegir quién querer ser, sino serlo sin querer.

domingo, 23 de enero de 2011

Bomba craneal

Finalmente estalló la bomba en mi cabeza. Volaron espejos por todas partes. Los vidrios se iban convirtiendo en limones verdes. Luego naranjas. Sangraban pis amargo de limón. Bailaron su coreografía ácida durante toda la noche, hasta pudrirse. Desde aquel mugriento y oloroso pantano los recuerdos se volvieron ceniza para resurgir perfectamente limpios. Esta vez parecían tomates. Quería que fueran tomates y probar el pis dulce de tomate con aroma a semillas verdes… ¡Oh!...¡Sí!¡¡¡Eran tomates!!! Los recibió una de mis neuronas, la más retraída de la comunidad neuronal. Se llevaron de pelos. Mientras se vestían unos a otros recordé la era de los tomates, tan fresca como un banquete navideño. Se me daba por cantar desnuda entre las hierbas y plantar zanahorias. Cada tanto pintaba una tortuga, un pez o un hámster y los mezclaba con el agua y el vinagre. Se murieron. No importó. Vinieron las extensas charlas con Pinina, mi muñeca de trenzas, enredadas en el balcón. Sonaba una orquesta lejana en el medio de un campo. Dirigía un tomate gordinflón. La orquesta tocó durante tres días sin parar. El cuarto día el tomate estalló y la huerta rompió en aplausos.  Al toparme con ella no pude parar de llorar. Lloré horas y horas. Fue glorioso.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Tomen aire, es tiempo de algas

 Es tiempo de algas. Aquí mismo. En mi cabeza. Se enredan, engordan, dibujan. Flotan verdes, azules y pardas. Puertas. Algo. Un quiebre. Me visten, explotan, vida. Aquí mismo. En mi cabeza. Crecen, se multiplican en largos océanos. No muestran piernas ni brazos ni sexo. Solo ellas, me hunden. Secan la luz de mis intestinos y penetran. De distintas formas, con dulces aromas. Profundísimo. Penetran, perforan mi cortex motor. Descansan en la oscuridad, la privación. Dibujan cuadros, mujeres barrocas con pieles amarillas, gastadas. Hermosas. Tiñen la viscosidad de mi cerebro en diversas formas que a su vez cloroformizan esas formas reformadas en una sola forma que se diluye con la luz y finalmente forman un espejo de espesas aguas. ¡Oh grandioso mundo de pigmentos! Sobre rocas desnudas ahora cantan sus vellos grises. Puertas. Un quiebre. Aquí mismo. En mi cabeza. Es tiempo de algas. Se envuelven. Sus miembros se mezclan en mis raíces, se mezclan y me entuban. Me dan a probar su aire líquido de perlas. Fucus Jubatus. Aquí mismo. En mi cabeza. ¿Dirección? No existe.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Coral

De tu espalda nació un terciopelo azul en forma de flor y millones de estrellas brotaron de mi ombligo para protegerla.
Nuestros cuerpos, cubiertos de manos y pies, bailaron entre las sinusoides y eternos como la arena y el sol, habitamos en cada burbuja del océano.
Por debajo de la tierra me hacías cosquillas provocando severos terremotos
Y con la punta de mis raíces acariciaba tus pies.
Por suerte caímos en este cuadro
Cósmico, inabarcable
Y ya no tememos ahogarnos en la superficie.

sábado, 23 de octubre de 2010

Huecos

La masturbación del deber ser pretende conquistar el espacio y con su capa azul convierte la vida de miles de colores en desgracia. Yo también le creí. Me prometió me enseñaría el aire de laurel si me trepase a su espalda y no lo dudé un instante.

 Fueron días amarillos. Las baldosas ocultaron sus lunares y de la tierra nacieron miles de ladrillos, tantos pero tantos, que aprendieron a apilarse solos.

La caminata se volvió fastidiosa. Y absorta por la efímera silueta del instante, el trauma superó las pieles del pasado.